Érase una vez un señor que tenia una ex (nombre que recibe la esposa del interfecto una vez producido el hecho de la separación) que decidió llamarle (magno acontencimiento) para solicitarle que llevara a su hijo al ambulatorio para un análisis.
Nota del autor: Obviamos la reflexión acerca del sentido de la propiedad que hace que un ser humano sin pene considere que otro ser humano (con pene éste segundo) carece de derechos y responsabilidades respecto a un tercer ser humano, producto éste (el tercero) de maniobras orquestales en la oscuridad (mas o menos) de los dos seres humanos primeros. Nos limitaremos, hoy, a alegrarnos de poder participar en algo relativo a nuestros hijos (el plural no es mayestático; es la esquizofrenia propia de los géminis).
Para cualquier ser humano (occidental y bien nacido) es evidente que, en pudiendo, nadie dejaría de llevar a su hijo a hacerse esos análisis. Los dioses han querido que sea autónomo, lo que me ofrece una cierta libertad de horario. Y los mismos dioses quisieron que en esa fecha no hubiera familiar ni vecino disponible. Así que pude hacer de padre.
Me dormí. Hay días en el año y fui a elegir ese para dormirme. Afortunadamente conozco tanto mis limitaciones como las leyes de Murphy y tenía alertas de reserva (mi hija) que funcionaron aunque con un pequeño retraso. Nada que una carrera no pudiera solucionar.
Así que henos allí, en la puerta del ambulatorio a la hora indicada, las 08:15. Él embozado en su sudadera, tiritando; yo, en mangas de camisa, sudando.
Ese día (no se si todos; pero ese sí) las embarazadas se hacen sus pruebas antes del resto de los mortales. Es una medida que me parece correcta. Ya decían los antiguos que los hospitales son sitios donde la gente se pone enferma. No eran muy científicos, pero observaban.
Tras 20 minutos de espera viendo al personal conducirse como si de su lentitud y parsimonia dependiera el futuro del planeta (y quizás sea así porque calor, lo que se dice calor, no desprendieron mucho en ese rato) se abren las puertas. Intentamos acceder, pero la gorda nos indicó a las claras que "aún no".
Como yo soy de natural cascarrabias, dije a mi hijo que entrara a sentarse. Mis glándulas estaban bastante hinchadas y la imagen del pobre apoyado en la puerta tiritando no me relajaba.
La gorda nos miró. Quizás se apiadó de él, quizás olfateó el peligro, quizás consideró que si se estresaba el clima cambiático se resentiría. Se calló.
Finalmente entramos. En un pequeño recinto, varias decenas de personas. Jóvenes y viejos, machos y hembras, enfermos y sanos, todos en solidaria mezcolanza. Sudando como cerdos, claro.
Yo había tomado el papel y estaba en primera fila, confiado en que, siendo el análisis urgente, nos llamarían pronto. Imbécil de mi.
En esas, se oye un golpe sordo. Movilización general. Me giro y, entre las decenas de piernas, veo un bulto negro en el suelo. Al grito de "mi hijo!" me planto a su lado.
Estaba el pobre largo cual es, con los brazos estirados encima de la cabeza, bocabajo. Tal como cayó del asiento.
Una de cine italiano
De esos momentos, necesariamente brumosos, recuerdo a las enfermeras ordenando apartarse al personal, recuerdo los gritos de "no lo toquéis" (peste de series), recuerdo aquel "qué le pasa" y recuerdo haberles dicho (escupido, mas bien) que estaba enfermo, que nos habían tenido como perros en la puerta 20 minutos ...
Recuerdo, en fin, la silla de ruedas y como llegamos a la sala y la camilla. Allí ya recuerdo mejor, la doctora y la enfermera super atentas.
Recuerdo que le preguntaron si hablaba catalán o castellano y el dijo que los dos y recuerdo que le preguntaron cual hablaba en casa y, al decir castellano, el catalán desapareció de la sala.
Cuando el pobre dejó de temblar, le extrajeron la sangre y, al poco, nos dirigimos a casa. De 10 minutos previstos a una hora y pico.
Suspendí la agenda de la mañana y estuve con el hasta la llegada de su madre, que me despidió con un "gracias". ¿Gracias?
A quién pueda interesar
Está bien. Según parece esta con eso que llaman "mononucleosis" o "enfermedad del beso", que mola mas.
Cansado, levantado sin desayunar, esperando, con frío pese al calor, destemplado... Nada que no hayamos vivido incontables veces.
Sólo que no es lo mismo ser tu o que sea tu hijo, claro. Cosas éstas que sólo un padre puede saber. Y eso se sabe cuando se vive. Es así. Doy fe.
Pero está bien, recuperándose. Lo normal.
Una de conclusiones
Hay varias cosas que no alcanzo a comprender (o sí, y eso es aun peor).
La preñez y la enfermedad
Es evidente que un embarazo no es una enfermedad. Tampoco lo es la vejez. Pero ambas circunstancias requieren de una cierta atención médica.
Parece lógico que haya personas a las que demos una cobertura especial para evitar posibles contagios y sus consecuencias.
Lo que no parece tan lógico es que este trato especial se limite SOLO a embarazadas. Digo yo.
La profesionalidad
No seré yo quien dude de la buena voluntad de los organizadores de las cosas. Por ejemplo de quienes organizan las sacadas de sangre.
Tampoco seré yo quien olvide que de buenas intenciones está empedrado el infierno.
De la observación deduzco que se llama a los asistentes por orden de apuntamiento a la cosa esa. No vi orden alfabético, así que debo suponer que el orden es el de registro.
El problema es que los últimos registrados suelen ser peticiones urgentes. En estos casos la urgencia suele venir dada por la existencia de una enfermedad. Digo yo, vaya. No soy doctor en doctorología, pero para mí que eso es razonable.
Sea como sea (in eni keis) yo me pregunto (y de paso lo ofrezco a la autoridad): ¿Y si cuando un médico solicita un análisis indicara en el formulario dos variables según su criterio? Por ejemplo la existencia de enfermedad y la conveniencia de un trato preferente (casos de ancianidad, por ejemplo).
Imaginense: se ordenaría la atención por enfermedad (los primeros, para evitar, de paso, posibles contagios), por preferencia (para evitar perjuicios a quien no está para muchas esperas en esas condiciones) y, finalmente, por orden de solicitud, alfabética o lo que sea.
¿Tan dificil es? ¿Tan absurdo?
El problema es que una calidad de servicio penosa no les supone el paro. Como a otros que sabemos muy bien qué cosas debemos de cuidar. Por la cuenta que nos trae. Que a ellos es ninguna. Y es que la competencia siempre beneficia al usuario-consumidor.
La nación
Yo uso un truco muy sencillo para decidir el idioma de comunicación: escuchar.
Pero, sabiendo como se de la existencia de gentuza ejerciendo la medicina que se niega a hablar otro idioma que no sea el catalán aunque el enfermo no le pueda entender (cosa que no es tan rara en inmigrantes) me parece relevante mencionar que también hay personas que ejercen la medicina en Cataloniaisnotspain que se preocupan más de usar el idioma que les permite comunicarse con el enfermo que de la construcción de la nación.
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